“El ladrón de bicicletas”, la precariedad neorrealista

 

 

 

En El neorrealismo cinematográfico italiano, Pio Caro estableció que la influencia de Charles Chaplin es fundamental para entender el movimiento fílmico que se originó en la Italia de la posguerra. Sin embargo, no se trata de una influencia formal o narrativa sino emocional. La empatía del cine de Chaplin, que sin palabras expresó a través de su rostro y cuerpo la alegría, la ira, el desamparo y el abuso, la retomó la escuela neorrealista, que le dio la espalda a la épica y la grandilocuencia que caracterizaron a la industria cinematográfica de Italia hasta, más o menos, 1943. La epopeya fue sustituida por el realismo. Había razones suficientes para inspirarse en hechos de la vida cotidiana: la destrucción física y moral que trajo la guerra y, sobre todo, la escasez de oportunidades que se agudizó al final de la misma. La carencia sacó a los creadores a filmar en las calles y observar la vida del pueblo. La adaptación, con elementos mínimos y sin una preocupación formal excesiva, de las historias de desempleados, oprimidos y niños que perciben la hostilidad, sin disfrazar o edulcorar los hechos, definió al neorrealismo. En ese sentido, El ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica, es una obra cumbre del neorrealismo, a la que anteceden los clásicos Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini, y Obsesión (1943), de Luchino Visconti. En los primeros años de la década de los cuarenta del siglo pasado un grupo de creadores italianos en formación se interesó por la realidad. Aunque Caro no menciona a Michelangelo Antonioni, su cortometraje documental Gente del Po (1947) es hoy considerado una de las obras asociadas al neorrealismo. La película registra lo que ocurre a las orillas del río, sin movimientos de cámara osados o decorados que apoyen la narrativa, características del neorrealismo que, aunque nutrido del realismo ruso y francés, tiene mayor afinidad con Chaplin, que, en un tono muy distinto, representó las situaciones a las que se enfrenta un hombre en desventaja.

 

El ladrón de bicicletas toca dos temas importantes del movimiento italiano: el desempleo y la situación de los niños en Italia a partir de la década de los cuarenta. «Todo el problema de esta obra, toda la trama y toda la vida que de ella nace, está provocada por un objeto –una bicicleta– que según la valorización social actual, llega a influir de tal manera en nuestra existencia como para que su posesión implique un cambio en la apreciación del hombre. Es la máxima demostración de la esclavitud que padecemos con respecto a las exigencias sociales que hemos ido creando», escribió Caro sobre el filme, cuyo guion es autoría de Cesare Zavattini, una de las figuras principales del neorrealismo, que adaptó la novela de Luigi Bartolini.

 

Antonio Ricci es un desocupado que consigue un trabajo en el que debe pegar carteles, transportándose en bicicleta por la ciudad de Roma. La esposa de Ricci, con quien tiene dos hijos, vende las sábanas de lino de la familia para recuperar la bicicleta que Antonio empeñó. El protagonista cree que la fortuna le ha sonreído y que su destino ya no será desgraciado. En su primer jornada laboral un hombre le roba su medio de transporte, sin el que es imposible desempeñar la actividad, según la agencia de empleo que lo contrató. Formalmente, El ladrón de bicicletas es un filme austero. Las calles de Roma fungen como decorado. La forma en que De Sica dilata el tiempo permite observar los barrios, las tiendas de empeño, los tianguis de cosas robadas, la gente que asiste a la iglesia, la función liberadora del bar, etc. Los personajes de la película fueron interpretados por gente sin preparación actoral. Esta austeridad formal, sin mayores artificios, potencializa la desesperación y la angustia de Ricci, que recurre a una vidente para saber dónde está su bicicleta. Cuando agota todos sus recursos decide robar una, sin que Bruno, su hijo, lo vea. Aunque el niño presencia el fracaso del robo.

 

El desempleo es uno de los temas centrales del neorrealismo. Umberto D. (1952), de De Sica, sobre la situación desfavorable de los jubilados; y Roma a las once (1952), de Giuseppe De Santis, que retrata a un grupo de mujeres jóvenes desocupadas, son ejemplo de ello. La actualidad de estos planteamientos, y de su tratamiento neorrealista, está en Dos días, una noche (2014), de Jean-Luc y Pierre Dardenne, que aborda la crisis de una mujer obligada a renunciar a su trabajo. Por otro lado, filmes como Alemania, año cero (1948), de Rossellini, y Milagro en Milán (1951), de De Sica, constituyen una muestra de cómo el movimiento representó la profunda incertidumbre que causó la guerra en los niños. En El ladrón de bicicletas, el hijo de Ricci representa la solidaridad, la misma que brinda el hombre al que Antonio intentó robar, que no lo acusa con la policía, dándose cuenta de la vergüenza y desesperación del padre. La derrota está presente desde el inicio del filme. Las sobrias lágrimas de derrota de Ricci, en el impresionante rostro de Lamberto Maggiorani, en la secuencia final, muestran que ésta no cede ante la necesidad. De Sica y Zavattini plantearán la valoración capitalista de cómo está constituido el mundo que asegura la opresión de los hombres en Milagro en Milán, un filme posterior.

 

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